El
tiempo se diluye en mi retina, desconozco cuán rápido puede viajar la emoción
contenida en mi piel, esa que atraviesa los músculos y se hace tremenda en mis
huesos.
Cierro
mis ojos y han pasado millones de imágenes, solo un pestañar y veo su reflejo perdido
en la puerta del metro, sus ojos de pez, unas manos sin dedos que se
afirman de un mástil ficticio en mitad del carro, solo en la multitud,
naufragando.

Observo
mi reflejo en el vidrio, imaginando mi metamorfosis, otra extensión que permita
sostenerme, otros ojos, otra lengua... ¿Acaso vería distinto todo?... ¿Un
puñado de piel, un par de huesos, un rostro maquillado, importa tanto como el
destello confuso de la verdad?... La voz indica estación metro Salvador, el
hombre anfibio se desliza al andén, lo pierdo entre la multitud de cuerpos
ficticios, se cierran las puertas y pienso si podrá ver el horror de nuestras almas
retorcidas, si nuestra aflicción es solo un espectáculo carente de sentido y enceguecedor
de delirio ante sus ojos. Estación la Moneda…camino entre la multitud con mi
alma anfibia, con mis ojos de pez.
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